Lo que vimos confinados

Allá por la segunda semana de marzo —a estas alturas, no sé si el tiempo ha pasado muy lento o muy rápido— cada día recibíamos una noticia peor que el anterior, y añadíamos alguna restricción al movimiento y al entretenimiento. Hasta que, el sábado 14 de marzo, el gobierno decretó el confinamiento total de la población. Y por si no estuviéramos lo suficientemente asustados, se suspendían también la Liga, la Champions y cualquier otra competición deportiva.

Siempre se ha dicho que uno de las peores sensaciones del preso es la de aburrimiento, la de no saber qué hacer con tanto tiempo. A partir de ese día de marzo, parecía que todos íbamos a tener que vivir esas mismas sensaciones en nuestras propias carnes.

Y así ha sido. Porque no pretendo quitarle gravedad a la situación, ni negar que ha sido durísimo. Pero siempre he sostenido que yo era uno de los afortunados que podía sobrellevar mejor la situación. Aparte de mis circunstancias vitales, explicadas anteriormente en este mismo blog, partía con una ventaja fundamental respecto a la mayoría de los mortales: mi gigantesca, casi enfermiza, pasión por el cine. Que además es compartida en gran parte con mi mujer.

Por lo tanto, nos tomamos este tiempo como una oportunidad para volver a ponernos al día y disfrutar de todo lo que las distintas plataformas digitales nos ofrecieran. Porque en nuestro fuero interno, sabíamos que el confinamiento iba a ser largo y que teníamos todo el tiempo del mundo para ver todo lo que quisiera.

Así, los primeros pasos fueron tímidos, con cosas gratas pero intrascendentes como  La pesca del Salmón en Yemen, pero también inequívocos de que había tiempo para ver de todo: vimos las dos versiones antiguas de Mujercitas —esperemos que la última no la veamos en un nuevo confinamiento— o las tres películas que me faltaban de la saga de Terminator.  Y sí, había visto la dos sin ver la uno. Y sí, he visto la última, Terminator: Destino oscuro.

Errores que trae el confinamiento.

De tanto tiempo que —parecía— que disponíamos, hasta pudimos ver las cinco horas de Novecento.  En dos tandas, eso sí; que una cosa es estar confinado y otra dejar que el sofá te devore. Nos dio tiempo también a hacer varios experimentos. Como empezar y terminar la novela Nada, de Carmen Laforet, y ver su antediluviana pero digna versión cinematográfica. O ver en dos días consecutivos Los Siete Samuráis y Los Siete Magníficos para poder establecer comparaciones. O hacer simulacros de cinefórum con los programas de Cinemascopazo, revisitando Con la muerte en los talones o El Hombre que mató a Liberty Valance con sus posteriores y divertidísimos coloquios.

Por cierto, gracias a ellos y a su programa hermano, Todopoderosos, por hacer del confinamiento una oportunidad para aprender sobre cine, literatura y humor.

Y hablando de revisitar películas, qué decir de las siestas del confinamiento; aquellas en las que aprovechábamos para ponernos películas ya vistas por si acaso caíamos presas del sueño, pero que en algunos casos nos arruinaban la merecida coscorra.  Porque, ¿quién en su sano juicio se iba a quedar dormido viendo La Jungla de Cristal —la 1 o la 3—, la trilogía de Regreso al Futuro o Seven?

Pero el encierro hizo mella, y pasamos a una fase mucho más apática en este sentido. Además, nuestra figura empezó a resentirse y era imperativo el organizarse una tabla de ejercicios. O, a partir de mayo, salir a pasear como si lo fueran a prohibir, que todo podía pasar. Por ello, empezamos a seleccionar y tuvimos una temporada de ver únicamente películas de calado. O eso parecían a priori. Porque la desilusión con Mula, de Clint Eastwood —y en menor medida con Ad Astra—, fue notable.

Pero hubo otras en las que parecía que el mundo era el mismo que antes de marzo.

Como Horizontes de Grandeza, del maestro William Wyler. Recordaré toda la vida la noche que la vi con mi mujer. Era un sábado, y cenamos alitas de pollo. La pusimos más bien tarde, para lo larga que es, pensando en verla en dos tandas. Y cada minuto nos iba quitando el sueño. Nos enredamos en lo que parecía una lucha entre la civilización engendrada por Gregory Peck y el Viejo Oeste encarnado en Charlton Heston, simbolizada en la lucha por el amor de una mujer. Pero a los cuarenta minutos apareció Burl Ives —merecido Oscar— y la película cambió de rumbo. Todo empezó a parecer otra cosa. Los que parecían los buenos no lo eran tanto, ni los malos tampoco. Había mucha dignidad en la familia enemiga de los protagonistas. Tres días después, continuaba pensando en cada uno de los matices que iba ofreciendo la película hasta su maravillosa escena final en Blanco Canyon.

Dejando de lado las maravillosas recompensas personales que el encierro me ha traído, si de algo ha servido el confinamiento es para que yo haya podido ver Horizontes de Grandeza.

También ha servido para que viera películas como Marty o Patton, y actualizara mi reto de ver todas las películas que han ganado el Oscar a la mejor película. A día de hoy, me faltan diecisiete de noventa y dos que son. Se agradecerá la ayuda de quien pueda tener alguna de ellas en DVD.

Y nos fue útil para descubrir pequeñas joyas, o semijoyas modestas del cine de los últimos años. Llevarte sorpresas con obras como Los chicos de mi vida o Mucho más que amigos, que no llamaban la atención por estar protagonizadas, respectivamente, por Drew Barrymore o Jennifer Aniston. O admirar al gran James Gandolfini en su obra póstuma, Sobran la Palabras. O disfrutar de él revisitando Los Soprano, que aunque sea una serie es cine para mí.

Y disfrutar viendo cómo mi mujer descubría esta serie.

En general, disfrutar con y de mi mujer. A pesar de las circunstancias.

Por todo ello:

GRACIAS, CINE.

 

 

Imagen: “Horizontes de Grandeza” de FilmAffinity

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