Causa y Solución

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A Mateo Lacacia le encantaba la cerveza. Algo que puede resultar tan útil en ciertas ocasiones como funesta en otras. Como diría Homer Simpson: “El alcohol es causa y a la vez solución de todos los problemas de la vida”.

Y bien que puedo dar fe de ello ahora.

Además de la cerveza, Mateo tenía otra pasión; el orden. Así lo pude comprobar cuando me acerqué a su despacho en la oficina que compartíamos, en aquella tórrida tarde del infausto jueves que aquí les detallo. Tenía todos sus lápices, sus cuadernos y sus tazas dispuestas geométricamente, en ángulos rectos siempre, alrededor del ordenador que utilizaba para competir tácitamente conmigo por la vacante que había quedado libre por la jubilación de Martínez. No era ese el ordenador que a mí me interesaba, de todas formas:

—Joder, Mateo, te vas a asar aquí dentro. —No se había dado cuenta de que a la hora de comer había bajado el aire acondicionado de su despacho—. Fuera debe de hacer unos cuarenta grados también. Va siendo hora de recoger, ¿te apetece una caña en el bar de abajo?

—Pues sí que me hace, Luis —Golazo por la escuadra—, estoy seco. No sé si hubiera podido aguantar sin una birra hasta casa.

La primera parte del plan estaba hecha. Había conseguido entretener a Mateo el rato justo en el que un par de compañeros de trabajo se toman una cerveza sin prisas —media hora o tres cuartos— para que su casa estuviera vacía mientras su mujer iba a buscar a su hija a clase de ballet. Ese era el tiempo que tenía el “detective” que había “contratado” —mi cuñado, a cambio de trescientos euros— para ejecutar  la segunda parte del plan, la que estaba menos confiado.

Y es que uno es pobre y juega con los medios que tiene a su alcance.

La parte encomendada al hermano de mi mujer era la más difícil, sin duda; tenía que entrar en la casa por la ventana que la mujer siempre dejaba abierta — lo habíamos comprobado; somos pobres pero previsores— y adentrarse en el ordenador de Mateo. Allí debía copiar todos sus archivos y correos al disco duro que habíamos comprado en los chinos el día anterior. En ellos debía haber tanto mensajes inapropiados como fotos comprometedoras de y hacia la chica del bar donde cada viernes nos tomábamos un par de pelotazos antes de volver a casa. Material más que suficiente para asegurarme de que Mateo retirara su candidatura al puesto de Jefe de Área.

No era un plan perfecto —casi ninguno lo es—, aunque podía salir bien. Y lo hubiera hecho de ser  por la cerveza, y por lo gilipollas que ésta nos puede volver.

En una primera instancia, el complot había salido a pedir de boca. Nadie vio a mi cuñado ni entrar ni salir de la casa, consiguió todos los documentos relevantes y, en una noche, pude tener toda la documentación incriminatoria y preparada la primera salva de cañonazos del día siguiente.

Como buen chantaje, debe de ser anónimo. Por ello a la mañana siguiente le dejé, a modo de primer aviso, una de las fotos menos comprometedoras que tenía encima de su mesa con un texto escrito, como es obvio, a ordenador: “Tengo más”. Como inicio de la extorsión no estaba mal, pero no sabía muy bien cuál debía ser el siguiente paso para conseguir mi objetivo sin delatarme.

Sin embargo, Mateo sí  tuvo claro lo que debía hacer a continuación.

Y, como buena respuesta a un chantaje, no fue anónima. Fue bien pública, de hecho. Y muy arriesgada porque, pese a cualquier sospecha que pudiera albergar hacia mí, Mateo no podía estar seguro de que era yo quien estaba detrás de aquello. De todos modos, las pruebas que acabarían incriminando a mi cuñado me arrastrarían con él. Valiente imbécil.

Impasible y ordenado como era, Mateo me envió un correo electrónico, con copia a la persona que debía decidir sobre nuestras opciones de ascenso, en el que aportaba las pruebas del ultraje que se había cometido en su casa. Junto con la foto de un cerco con forma de lata usada sin posavasos en la mesa de su ordenador, Mateo escribió:

 

“Estimado Luis:

Como bien sabes, tengo dos manías; una es el orden escrupuloso, y la otra es beber siempre una lata de mi marca favorita de cerveza, de la cual tengo contadas cuántas  me quedan en la nevera, al llegar a casa. Cuál no sería mi sorpresa cuando, al llegar tarde ayer a mi hogar tras ser entretenido —inusualmente para ser entre semana— por ti, vi que en vez de seis latas en mi refrigerador tan sólo había cinco, y que el cerco que una de ellas pudo formar lucía en mi habitualmente inmaculada mesa de escritorio. Como comprenderás, tengo el ratón del ordenador y la lata que quienquiera que fuera dejó amablemente en mi basura debidamente protegidas a la espera de que venga la policía a tomarles las huellas.

Ruego encarecidamente que me aclares esta situación lo antes posible.

Atentamente,

Mateo Lacacia”

 

Podría excusarme diciendo que la rabia y el sentirme acorralado me llevaron a hacer lo que hice, pero sería mentir. Actué a sabiendas, fríamente y con ánimo de responderme a la siguiente pregunta:

“¿Es para matarle, o no es para matarle?”

Sirva este escrito para reafirmar mi confesión verbal previa respecto al asesinato de don Manuel de la Campa Rodríguez; cómplice del allanamiento de morada de don Mateo Lacacia Solís. Y cuñado mío, para mi desgracia.

Asumo la pena íntegra que se derive de esta confesión.

 

Servidor suyo,

 

Luis Luján Martín

 

Imagen: “Beer Tap” de Hernán Piñera

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