Espérala Otra Vez, Sam

Resultado de imagen de Matthew Paul Argall  Clock

Sam apareció en el lugar acordado cinco minutos antes de la hora en la que había quedado con Ana.

Se sentó en una de las mesas de madera del lugar —que era el que tenía los bancos más incomodos de la zona— decidido a esperar pacientemente a que llegara. Quería tener unos minutos para aclararse las ideas, para decidir las palabras que iba a decirle. Habían decidido verse en el único rato de descanso común que tenían a través de la cadena de notas que había circulado de mesa en mesa a lo largo de los últimos dos días. A esas alturas, lo suyo era vox populi.

Había sido difícil pero por fin había conseguido una cita. Nada podía hacerle más ilusión en el mundo. Nadie le había gustado tanto desde el año pasado.  Ni siquiera el desapacible clima de la ciudad y la neblina de final de otoño con la que había amanecido iban a amargarle el día.

Mientras esperaba, Sam siguió metódicamente su rutina habitual de los descansos. Bebió lo de siempre a esas horas —batido de fresa doble y sin hielo— y sacó uno de sus finos cigarrillos, con aroma a chocolate, dedicándose a morderlo compulsivamente. Estaba muy nervioso, y conforme el tic-tac del reloj le acercaba al momento en el que Ana debía llegar, más nervioso se ponía.

Le había gustado desde el primer momento que la vio; la chica nueva que apareció de la nada en septiembre. Nadie sabía de donde había venido. Corrían rumores de que su familia tenía dinero e inversiones, pero vestía de una forma muy normal para alguien de su edad, nada ostentosa. Muy natural y sencilla, aunque aparentaba algún año más de los que tenía, o decía, tener. Quizá por ello le gustaba. También debía ser por su fino cabello rubio y los ojos azules que le hacían parecer una belleza sueca de película de James Bond o Humphrey Bogart. Por tener, tenía las mismas maneras y expresiones frívolas de esas mujeres.

Lo  que no se podía decir de Ana es que fuera puntual. Fiel a su diaria costumbre de llegar tarde, se estaba retrasando. Dos minutos, según el reloj con el escudo de su equipo favorito de fútbol que le habían regalado las pasadas Navidades. Mujeres. Le parecía que en cualquier momento iba a aparecer, con esa media sonrisa y cara de susto que traía todas las mañanas al pedir perdón por el retraso.

 

Para no pensar en su tardanza, echo una ojeada alrededor. Pudo ver que se estaba jugando un partido de baloncesto. No conocía ya a casi ninguno de los jugadores que jugaban, eran bastante veteranos. Jugaban muy desorganizados, de una forma poco profesional. No estaba siendo un partido entretenido, con lo que se quedó mirando a una pareja de apariencia bastante mayor que, bajando de un autobús, se preguntaba “¿Dónde están los niños?” mirando a todos lados. Se les veía bastante preocupados hasta que vieron aparecer a sus nietos saliendo del autocar.

 Y Ana ya llegaba 5 minutos tarde. Y en 10 minutos se les acababa el descanso, no iban a tener tiempo para nada.

Cuando ya no podía con el nerviosismo, de repente apareció otra compañera, Lucía, que había hecho buenas migas con Ana desde que llegó a la ciudad. Traía un mensaje de su parte, y por la cara que puso al darle aquel trozo de papel doblado en cuatro partes, no parecía que fueran a ser buenas noticias. Leyó la nota para sus adentros:

 

“Lo siento, he decidido irme con Pablo. Lucía me ha dicho que su padre tiene el coche más grande que el tuyo”

 

Mujeres, pensó Sam. No te puedes hacer ilusiones con ellas. Siempre habrá algo, sea un coche, otra persona, o su padre, que las acabe alejando de ti. Trató de mantener una posición digna, pero no pudo evitar que una lágrima le resbalara por la mejilla.

Cuando más sumido en sus tristes pensamientos estaba, el ruido de la campana despertó a Sam de su ensoñación. Oyó a Doña Matilde decirle a lo lejos:

 

—Samuel, vamos para clase, el recreo ha terminado.

 

Y, en efecto, para él había terminado. Esa misma tarde, jugando a las canicas, Sam nos juró que nunca jamás se volvería a enamorar.

Como es obvio, ninguno de los chicos de la pandilla le creímos.

 

Imagen: “Clock” de Matthew Paul Argall

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