Amor Tuerto

Resultado de imagen de Pedro Ribeiro Simões  Happy couple

Esa noche ocurrió. Una cita con la chica de quien me había enamorado el mismo día en que empezamos la facultad. De la que había conseguido hacerme amigo la primera semana de clase, y con quien fui forjando una relación de confianza, cervezas y muchas, muchas risas que ocultaban mi sufrimiento por no atreverme a dar un paso más.

Y así, entre risas, coqueteos y otras relaciones pasajeras, llegamos a nuestros últimos exámenes de septiembre. Ella tenía una asignatura pendiente y yo tres; dos catedráticos que me tenían manía y una alumna que ni tan siquiera eso.

Ella aprobó su asignatura y yo tan sólo las dos más fáciles. Pero, envalentonado por el título obtenido y por las cervezas con las que había invitado a los amigos para celebrarlo me atreví; Le llamé y disimulando la debilidad de mi voz, fruto tanto de la cerveza como de los nervios, la invité a ir al cine y a cenar la noche siguiente. Juntos y, por una vez, solos.

La noche del primero de los miles de besos que me di con vuestra abuela.

Fuimos a la Filmoteca, donde ponían un ciclo de clásicos del cine en blanco y negro. Dejé que ella eligiera la película, pues yo estaba más interesado en otras cosas y ya sabéis lo cinéfila que era ella. Para variar, no me decepcionó. Como os estaréis imaginando, la película era El Apartamento. Nuestra película.

Estaba siendo una velada magnifica, y no sólo por lo guapa que estaba vuestra abuela. La película me estaba maravillando, y más aún cuando ella me explicaba algunos recursos técnicos y estilísticos que yo, profano en la materia, no entendía muy bien, por mucho que asintiera embobado a sus lecciones con tal de seguir oyendo su voz.

Y es que no sé si estáis de acuerdo —a lo mejor ni siquiera sabéis quién era—pero para mí vuestra abuela siempre tuvo un aire  a Shirley MacLane.

Y a mitad de película, durante la escena en la que Jack Lemmon se daba cuenta de quién es la dueña del espejo roto que había encontrado en su apartamento, sucedió el primero de los dos acontecimientos que hicieron de esa noche  la más importante de mi vida.

El segundo, y más importante, fue el beso que nos dimos.

El primero fue que me quedé ciego del ojo derecho. Así, tan de repente como os lo estoy contando ahora mismo.

Os podéis imaginar el susto. Al principio pensé que era un efecto que el director había introducido en la película. Pero al girarme hacia vuestra abuela y comprobar que no era así, ella dedujo por mi cara que algo raro estaba pasando y me preguntó:

— ¿Te encuentras bien? ¿Te ocurre algo?

Pensareis que vuestro abuelo es un idiota, pero le dije que no pasaba nada. Creí que aquello se me pasaría, que sería temporal, y por nada del mundo quería arruinar nuestra primera cita con una visita a urgencias. Si no se me pasaba, ya habría tiempo de ir al médico cuando la dejara en casa, o al día siguiente.

Lo único importante era la cita.

Pero no se pasaba. Y la película seguía su curso, paralelo al de mi angustia. Como es lógico, desde ese momento hasta el final no me enteré de nada; menos mal que vuestra abuela y yo vimos esa película una vez al año, siempre el mismo día en que lo hicimos por primera vez, para celebrar nuestro aniversario.

Pero esa noche yo tan sólo pensaba en cómo iba a poder disimular lo que me estaba ocurriendo cuando a la salida fuéramos a tomar una copa o a cenar. Y notaba como me iba poniendo más nervioso y haciendo más fácil que ella notara que algo iba mal, o creyera que era mi timidez lo que hacía que me comportara de una manera tan extraña. La pescadilla que se muerde la cola.

Después de la Filmoteca fuimos a cenar y a dar un paseo por el centro. Y seguro que no os lo creéis pero os juro que, a fuerza de intentar ocultar mi ceguera, se me olvidó. Acabé, inconscientemente, dejando de pensar en ello y centrándome, mientras cenábamos, en lo que tenía enfrente y en buscar el momento adecuado para besarla mientras caminábamos hacia su casa. Tuve la precaución, eso sí, de ponerme a su derecha durante el paseo para que mi ojo izquierdo pudiera ver lo que ocurría por su lado.

Tuvimos que llegar hasta la puerta de su casa para que me atreviera a darle un beso. Fue corto, el típico que en una película ocurre a mitad de metraje y no al final. Vuestra abuela, en un giro de carácter que no le conocía, me lo devolvió con ímpetu y me dijo:

— Llevo cinco años pensando en esto. Creía que no te ibas a atrever y que iba a tener que lanzarme a tu cuello al despedirnos. Y más viendo lo nervioso que has estado toda la noche. ¿Quieres subir?

Subí, y cuando seáis más mayores os contaré lo que hicimos esa noche. Lo importante de esta historia es que el imbécil de vuestro abuelo estuvo toda una noche ciego de un ojo hasta que, a la mañana siguiente, me atreví a compartirlo con ella, fingiendo que me acaba de ocurrir. Fue cuando vuestra abuela me llevó a la carrera al hospital.

Quién sabe que hubiera pasado con mi ojo si se lo llego a contar a vuestra abuela en el primer momento. Quizá me convenciera para ir antes a que me trataran la infección que se lo llevó por delante.

Sin embargo os juro por su memoria que  mereció la pena.

Nunca le conté a vuestra abuela la verdad de lo sucedido en nuestra primera cita. Tampoco a vuestros padres. Y hoy, cuando venís a recoger las cosas que ella os ha dejado, entre ellas una copia de El Apartamento para cada uno, es cuando por fin  he decidido contaros la verdadera historia de porqué llevo un parche en el ojo.

 

Image: “Happy Couple” de Pedro Ribeiro Simoes

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