La Maldicion

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Desde muy pequeño, desde que tenía memoria, a todos los hombres de su familia les sucedía  lo mismo. Incluso desde mucho antes de que él naciera, le había contado su abuelo. Al primero al que le pasó fue a su bisabuelo, allá por los albores del siglo XX. A todos les corría por la sangre la misma enfermedad, la misma maldición.

 

Ninguno lo podía evitar; por mucho que sus madres, vistos los sinsabores que les podía  traer, les hubieran educado para —en la medida de lo posible— evitarlo para ahorrarse sufrimientos innecesarios. Aunque, técnicamente, no había nada de malo en ello; de hecho en muchos momentos hasta podía ser un nexo de unión, un símbolo de pertenencia y hasta casi un orgullo en una familia tan disfuncional en ocasiones como aquella.

 

Pero en las ciudades pequeñas todo se sabe y, aunque muchos de los habitantes sufrían el mismo mal, a ellos se les notaba mucho más; de ahí que gente murmurara muchas veces al verlos pasar por la Plaza Mayor, o al tomar algo en cualquier bar céntrico. Los del barrio les habían puesto un mote y todo. Los Endemoniados.

 

No siempre había sido así. Hubo buenos tiempos para ellos, le contaba su abuelo, en los setenta, un poco antes de que él naciera. Días en los que lucir la maldición fue un orgullo por toda España, a veces hasta se les veía viajar al extranjero y contar su enfermedad, orgullosos, viéndose acompañados y abrigados por multitudes a las que no les daba vergüenza explicar lo que les pasaba, el mal que les afligía. En aquella época algunos ni siquiera lo veían mal, ni como algo raro. Había gente así, nada más; y hasta caían bien y parecían simpáticos a los ojos de los “normales”.

 

Eran otros tiempos. Ahora nadie reparaba en ellos. Y si lo hacían era para mofarse. De un tiempo a esta parte, casi toda la ciudad renegaba de aquello; nadie lo había pasado, todos habían sido inmunes en el pasado. Éste se había borrado y todo el mundo parecía estar vacunado contra la enfermedad; los mayores por olvido y los jóvenes por desconocimiento.

 

Él intentó evitar convertirse en un  maldito. Como si tuviera elección.  Quiso huir del sufrimiento desde muy joven, pese a que lo que veía en casa le indicara lo contrario. Veía como su abuelo y su padre lo padecían y, salvo una o dos veces por semana, eran personas razonablemente felices capaces de llevar una vida normal; y no entendía como su madre y su abuela le intentaran alejar de ellos, y no sólo  en los malos momentos, en las crisis. Éstas eran muy típicas conforme llegaba la primavera, cada vez que se acercaba mayo o junio, cuando cada decisión o azar podía ser una cuestión de vida o muerte. Ahí era cuando no se podía hablar con ellos, presos como estaban de la maldición.

 

Y, pese a que los compañeros de clase le intentaron llevar por otro camino y el mentía cuando le preguntaban, a los trece años enfermó. Digo enfermó porque acabó siendo el más endemoniado de todos ellos, al que la maldición le alcanzó más fuerte, probablemente porque fue el que más tiempo resistió. Pero, una vez contagiado, nunca lo ocultó; siempre fue con la cabeza bien alta, siempre orgulloso de su maldición. Nadie podía decirle qué hacer con su vida. Ni sus compañeros, ni su madre, ni su abuela, ni siquiera su padre y su abuelo.

 

Porque, aunque ahora penaran en Tercera División, todos los domingos se le veía en el ahora desierto Fondo Norte del estadio, antaño lleno de bufandas y banderas, repleto de ruido y furia, en la localidad que compartía desde hacía veinte años con su abuelo y su padre; con la cara pintada de azul, los colores del equipo de fútbol local.

 

Era el que animaba más fuerte de los tres.

 

Imagen: “Reliant Stadium Crowd”  de Apasciuto

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